Nuestros caparazones no siempre son nuestras jaulas

Comparaciones con el reino animal según Andy Mort.

Nuestros caparazones no siempre son nuestras jaulas

A veces ser introvertida se siente como una jaula

Siento que quiero hablar, mostrar mi punto, expresar lo que necesito y lo que puedo ofrecer, pero mi voz es muy quieta. Soy de esas personas a las que otras personas les encanta interrumpir en la caja del restaurante, al teléfono con soporte técnico, al intentar entablar conversación con algún conocido en espacios públicos.

Tengo tantas ideas en la cabeza, tantos planes y proyectos, que cuando los llevo a cabo se siente que sangran. Lentamente, en un largo camino. Sacar las palabras a tirabuzón en un mundo en el que todo fluye a velocidad de la luz.

Una vez que termino los proyectos y ya están listos, la autopromoción tampoco es mi fuerte. No bailo en TikTok. No grito en las calles. No genero controversias en reality shows. No le sé al algoritmo, ni siquiera en Substack, donde hablar de Substack es lo más premiado.

La mentalidad de tiburón del mundo postindustrial, postcibernético, postodo, te pide que abandones tu zona de confort. Que te cotorrees. Que corras, que gritas, que empujes. Que salgas de tu caparazón.

¿Y si no tuvieras que hacerlo?

¿Y si forzarte a la extroversión fuera el verdadero encierro?

Andy Mort es un artista introvertido y altamente sensible. Sus videos no son faramallosos, no hay ruido de por medio, ni caras de sorpresa fingidas, ni dinamismo rompemolleras, ni retos ni alta tecnología. Son como los viejos videos de YouTube en los que alguien se sienta a conversar y a compartir, en vez de monetizar y acaparar. Es muy tranquilizante en ese aspecto. Muy íntimo, sin caer en lo parasocial.

En uno de ellos, comparte su propia teoría sobre los caparazones en los que nos guardamos a nosotros mismos, y de los que el sistema acelerado que apremia lo más estridente nos pide que nos deshagamos:

Pero a medida que he ido creciendo, he empezado a ver mi caparazón de un modo diferente. No es una jaula—es un santuario y un estudio. Donde me retiro para procesar, crear y recargarme. Es donde me siento conectado conmigo mismo y con lo que realmente importa. Y no soy el único. Para muchos de nosotros, nuestros caparazones son herramientas vitales para navegar el mundo de una manera que se siente fiel a quienes somos.

El problema con la frase “sal de tu caparazón” es que asume que ser callado, sensible o introvertido es un problema que debe solucionarse. Sutilmente implica que debemos conformarnos al ideal extrovertido—que ve el ser ruidoso, visible y gregario como el barómetro de la normalidad con el cual se juzga el comportamiento.

Pero, ¿y si tu caparazón no te está frenando? ¿Y si te está permitiendo prosperar? O al menos, tiene el potencial de hacerlo si lo ves como una fuente de fuerza en vez de como un defecto.

Andy se inspira en la naturaleza para referirse a distintos caparazones en la vida humana y cómo pueden complementarnos. Me inspiré para ilustrarlos hace un par de semanas:


El huevo

Los cascarones de huevo, para Andy, son temporales. Son espacios en los que sanamos, aprendemos, y volvemos a descubrirnos. Es un proceso que no debe acelerarse, como la gestación de los polluelos y renacuajos que salen de ellos. Nosotros abriremos nuestros propios cascarones una vez que estemos listos para emerger. Desde el aspecto creativo, pienso en el cascaron de huevo como el proceso en el que nos encerramos a desarrollar nuestros libros, obras de arte, álbumes o juegos de video. No lo podemos sacar antes de que esté verdaderamente listo. Antes de que estemos verdaderamente listos.

La tortuga

La tortuga podrá salir de su huevo, pero jamás de su caparazón. Es su hogar, su identidad, y su herramienta para cavar hoyos en la tierra. Andan con ella a todas partes y viven muchísimos años con ella, a su propio ritmo y bajo sus propios términos. Desde el punto de persona neurodivergente, vería el caparazón de la tortuga como las herramientas que usamos para navegar el día a día: los audífonos, los lentes, los gestos de estímulo que nos ayudan a hacer tierra y no perder la cabeza.

El cangrejo ermitaño

El cangrejo ermitaño adopta su caparazón del entorno. Encuentra una concha y la habita hasta que le queda muy pequeña o inadecuada. Entonces encuentra una mejor, más grande, más cómoda para seguir creciendo y autodescubriéndose. Así como las personas podemos deshacernos de creencias, círculos sociales, lugares, expresiones creativas, conforme crecemos y aprendemos, para poder probar nuevas conexiones y conceptos que sí cuadren con nuestro crecimiento actual. Agradecemos lo que nos quitamos, porque de algún modo nos ayudó, pero ahora hacemos espacio para lo que viene.

El caracol

El caracol es fascinante. Su espiral crece con el tiempo. Cada capa nueva representa una etapa de su crecimiento. No tiene por qué deshacerse de lo que ya no le sirve, sino registra el proceso. La espiral del caracol nos ayuda, como personas, a apreciar lo lejos que hemos llegado. Puede haber sido un viaje lento y baboso, como el caminar del animal, pero ha sido constante. Si nos detenemos a observar nuestra autobiografía, podría ser hipnotizante, un espiral que se desenvuelve, quizás con elementos que en su tiempo vimos como inútiles o innecesarios, pero que en el gran esquema de las cosas nos demuestra que todo ha tenido sentido.

La ostra

En el mundo animal, la ostra toma elementos irritantes, como los granos de arena, y los transforma en perlas. Transforman lo común, incluso lo incómodo, en piezas preciosas de valor incalculable. Como personas, nos protegen con su dureza mientras ayudan a crear belleza a partir de la adversidad. Es la representación de lo que Carrie Fisher hablaba: “toma tu corazón roto y conviértelo en arte”. Cuando canalizamos a la ostra, convertimos ese dolor y ese reto en arte, sabiduría, conexión. Pienso en esos dos o tres meses durante la cuarentena en los que se armaron grupos de apoyo mutuo en las redes sociales, presentaciones en vivo a través de videos desde la protección de nuestras casas, o hasta producciones como Grand Theft Hamlet, en los que unos actores desempleados interpretan la obra de Shakespeare en el GTA en línea.

La almeja

Como la ostra, la almeja tiene un caparazón que se abre y se cierra. Pero en este caso, el tesoro que contiene la almeja es ella misma. Adentro se protege, con su deliciosa carne, y solo se abre a sí misma en ambientes seguros. No siempre está abierta y no siempre está cerrada. Quienes las consumen y las ponen a cocer tienen qué deshacerse de las que siguen cerradas después de la cocción, pues significa que estuvieron enfermas y que podrían transmitir virus o bacterias. La almeja, pues, nos recuerda al dicho popular “ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre”. Sobre todo para quienes somos neurodivergentes, la almeja nos recuerda que podemos elegir cuándo abrirnos y cuando retirarnos de acuerdo a nuestros límites y necesidades.

El nautilus

El nautilus es el único sobreviviente de su familia. Se le considera un “fósil viviente” y ha vivido en el planeta por más de 100 millones de años. Su nombre significa “pequeño marinero”, y lo toma de un miembro extinto del grupo de los Argonautas. Sí, como los compañeros de Jasón buscando el vellocino de oro. Este marinero tiene una concha en forma de espiral como el caracol, pero sella cada etapa en cámaras que representa cada capítulo en su viaje de vida. Andy ve la concha del nautilus como un símbolo de cómo nuestras experiencias del pasado contribuyen a quiénes somos hoy en día. Amenaza con que, si nos deshacemos de ella, perderemos contacto con todo lo que nos ha formado. La concha del nautilus me hace pensar en las “eras” de artistas como Taylor Swift y Tyler the Creator. Quizás ya no comulguen con las ideas, imágenes y sonidos que representaban en ciertos puntos de su existencia creativa y humana, pero aún así reconocen que fue algo que los formó y que sin eso no estarían aquí. Como Robert Pattinson haciendo las paces con la saga de Twilight, o como Radiohead volviendo a cantar “Creep” en sus conciertos no como su “Pulmón de Hierro” como antes lo veían, sino como una parte de su cuerpo artístico, histórico y humano.

Los caparazones como herramientas de vida

Andy al final nos invita a dejar de ver los caparazones como limitaciones de las que debemos salir, y comenzar a celebrarlas como las herramientas que son, en las que las cosas más hermosas crecen adentro. Entre ellas, nosotros mismos.

Sinceramente, me tomó mucho tiempo escribir este texto acompañante por temor a verme cringe o a no poder encontrar las palabras correctas o las imágenes perfectas. Pero en realidad, todo es parte de la concha, del cascarón de huevo, del caparazón con el que ando por el camino. El que traigo para protegerme, el que me quito y me pongo, el que formo a paso milimétrico, entre pausas gestacionales y revelaciones desplegables. Esas etapas que trato de ver con menos vergüenza y con más agradecimiento cada día.