De colores
Soñar en el sur y seguir los consejos en el norte.

En el sueño, yo estaba en un spa en Australia. He estado soñando muchísimo que voy al hemisferio sur. Argentina, Chile, Australia, Nueva Zelanda, Antártica. Pero esta vez, estaba en Australia.
El spa era una mezcla entre balneario islandés y cabañas en Villa de Santiago. Lugares en los que he estado en la vida real, amalgamados en un territorio al que todavía no he conocido en persona. Era un retiro hermoso entre los árboles bajo el alba. Era madrugada, pero no me sentía cansada. Soy de esas personas que funcionan mejor a las 11 de la mañana. Nada demasiado tarde, nada demasiado temprano. Pero aquí estaba muy a gusto, fresca, despierta. Usando el jet-lag a mi favor para tempranear.
En el spa, estaba también Jon Ronson, uno de mis autores favoritos y quizás mi reportero favorito de los últimos tiempos. Es experto en adentrarse en lugares extraños mientras los sigue tratando con curiosidad y algo de compasión. Algo así estaba haciendo él en este spa. Pero su nerviosismo cotidiano ya no estaba. Él iba saliendo del tratamiento. Yo apenas iba a entrar. Estábamos en el bar de bebidas sin alcohol. Él quería tomar un litro de algo transparente, pero le rechazaban la tarjeta de crédito de la editorial varias veces.
Momentos antes, en el sueño, mi padre me había dejado un mensaje de voz diciendo que disfrutara mucho de todo y que no me preocupara por gastar dinero. Que él y mamá me apoyaban en esto. Así que con el permiso de mamá y papá, le piché su litro de bebida a Jon Ronson. Le dije que no se preocupara por pagarme. En mis adentros, pensé en decirle que él ya me había pagado con su obra, pero me dio pena. Aquí no éramos ídolos y fans. Aquí no éramos el sempai y la alumna. Solo éramos dos personas en un spa en Australia, y la única distinción es que él iba saliendo y yo iba entrando. Así que le pregunté cómo le fue. Me contestó en una palabra, sin dejo de sarcasmo:
Life-changing.
Le cambió la vida. Pero, ¿cómo? Esta vez sí saqué a la fangirl a pasear y le dije que no podía esperar a leer lo que él escribiría al respecto. Él me dijo, sin dudas ni inflexiones en su voz:
No tienes que esperar para leerlo si estás a punto de vivirlo.
¿Desde cuándo Jon se había sesgado en algo así? ¿Desde cuándo le salió lo pachamama? Se había mostrado escéptico en otras ocasiones. Quizás inquieto, o quizás hasta impactado, como cuando fue al Curso Alpha y se encontró un versículo de Joel que le llegó al alma porque había logrado al fin tener un hijo con su esposa, y ese hijo se llamaba Joel. Pero hasta ahí. Ahora tenía yo que vivir el proceso y no esperar a leerlo.

El tratamiento tenía varios pasos. No supe cuántos en total ni en qué consistirían todos. Yo llevaba ropa incómoda, ajustada y negra, y no traía nada más. No traía maleta. Creo que ni siquiera traía chanclas. Se me había perdido un zapato, como Cenicienta, y traía bolsas de plástico amarradas en los pies. Incómoda, pero dispuesta.
Me atendió una curandera peruana. Una vez más, la escuela del sur, aunque de otro continente. Ella me hablaba en Spanglish, pero se podía notar que ni el inglés ni el español eran sus lenguas natales. A veces me hablaba en su idioma, y de algún modo le entendía en el alma. No recuerdo cómo sonaba ni cuál era. De todos modos, era una señora de pocas palabras. Pequeña, rotunda, tranquila, pero tosca y fuerte en sus movimientos.
Primero me sentó en una silla de estética, flanqueada por dos monos tití. Uno era blanco, otro era pelirrojo, los dos me veían con sus enormes ojos y estirando sus largos dedos sobre el respaldo del mueble. Con esos dedos, los monos sostuvieron mi cabeza con presión y fuerza. Fue más el impacto que el dolor, que pronto desvaneció. Cerré los ojos, y los monos estiraron mi frente. Por unos instantes, pude ver un tercer ojo entre la oscuridad. Era una hendidura vertical, que destellaba una luz blanca azulada. Serena y cautiva.
La curandera me levantó a darme un regaderazo. Así con lo que traía puesto. Una ducha vestida, como quien quiere bajarle la peda a un borracho. Después, me sacó de nuevo entre los árboles bajo el sol despierto. Ahí, en tres segundos, me desvistió sin mirarme. Me aventó aire con un abanico de plumas de pavorreales para secarme. Luego, me puso una túnica suave, amplia, adornada con flores de varios colores.
“Los ancestros dicen que te vistas de colores”, me dijo.
“Le gustan a los animales. Le gusta a la naturaleza.”
Después me encaminó a un lago cristalino. Transparente, salvaje, pero con fango en el fondo. Lodo café claro, como de orfebrería. Estaba un asistente, ese sí era australiano, con bóxers rojos y de unos cuarenta años. Me dijo, en inglés, con su acento:
Métete al fondo, que ahí está la comida. La comida de la tierra.
¿Tenía que sumergirme y comer un puñado de lodo? No lo sé. En cuanto me iba a meter, desperté

Estaba de vuelta en el hemisferio norte. En la cama, en el cuarto. Vestida, cubierta. Con la duda y las ganas de seguir los otros pasos, pero con tanta inquietud que no pude volver a dormir. Eran ya las ocho o nueve de la mañana y el sol entraba vivo por la ventana. Seguía todo sintiéndose tan real. La llamada de mi padre, el encuentro con Jon Ronson, el masaje de los monos, el tercer ojo, el regaderazo, el aire, el cambio de ropa, el mensaje, el sol, el agua, el fango.
Con las horas, todo se desvanecía, menos el mensaje de la curandera, de los ancestros, de los animales, de la naturaleza.
“Que te vistas de colores”.

Ese sueño llegó el viernes y no he podido dejar de pensarlo. Me había estado vistiendo más de oscuro, con ropa ceñida en el gym, pero más cubierta en las calles. Tratando de ocultarme y esperar a que alcance mis metas de composición corporal, de salud mental, de dinero en las cuentas, de conexión espiritual. Muy aislada, sin saber cómo hablar con esa gente a la que no había visto en meses, en años. Huyendo, evadiendo. Muy sola, pero muy avergonzada.
El domingo, le hice caso a la curandera. Me puse mis tenis azules, mi bufanda colorida, mis calcetas amarillas, mi saco mostaza de entretiempo. Salí, con los rizos al viento. Fui al gym de por la casa, casi vacío en en domingo, y me subí a la bici estacionaria. Viene con paseos virtuales de acompañamiento por París, San Francisco, otros lares, casi todos en el norte. Elegí la Patagonia, para seguir pensando en el sur. Hice casi 10 kilómetros virtuales entre los árboles, los Andes, las cascadas.

Regresé a casa, caminando en persona, atravesando el parque. Ya viene la primavera. Los narcisos se asoman en manada entre los árboles pelones que empiezan a florecer de nuevo. Las ardillas posan en lo que se acaban su almacén de alimento de invierno. Las personas, parejas, amistades, familias, descansan en el césped, bromean entre los columpios, practican deporte, leen. La tierra también se está coloreando. Igual que el espíritu de quienes la habitan.

Pasó un chico tranquilo, con cabello largo, jeans, cachucha. Más o menos de mi edad, o de la edad del instructor que me acompañaba en el lago del sueño. Yo venía saliendo, él iba llegando, y muy breve y sinceramente me dijo:
Disculpa, pero me encanta el color de tus tenis. Es un azul muy bonito.
Le agradecí. Me deseó un buen día. Seguimos cada quien nuestros caminos.
